Octavio Gómez Millán, Sangre Sierra

Veinte años después salimos de las cuevas, veinte años después miramos al cielo. Veinte años esperando la rabia en las cuerdas y en la voz de Sopeña. Pasó la tormenta y las noches con el único abrazo del ron. Cuatro lustros que avanzaron inexorables, veinte años cocinando Sopeña bajo el auspicio de la Virgen del Pantano, en la cercanía crepuscular del Mediterráneo, bajo el reflejo y la tradición. Las viejas brujas junto al Canal lo llaman una vez más, como sirenas de carretera y armónica. Veinte años junto a la frontera esperando que floreciera la sangre entre los muros y ahora el Mago ha vuelto y trae una pluma en su sombrero. Sangre Sierra es un disco magnífico, denso como un alcohol que se degusta despacio, de semántica exigente y regusto clásico: guitarras crujientes, órganos que rumian bajo el pellizco del desierto y ese violín que siempre nos devuelve a los romances perdidos en Durango. Gabriel Sopeña: delineante de mapas imposibles plenos de ternura, pero también de desarraigo.
Un maduro vagabundo del Dharma ha tachado en su mapa todos los moteles y es tiempo de volver a casa, con los ojos abiertos, el mejor amanuense del rock español es capaz de combinar lo prolífico con lo exigente. En su saco de beatnik retirado guarda recuerdos que merecen una vez más ser visitados: los que somos amantes bígamos del rock y la poesía hemos crecido desde hace tiempo junto a Sopeña, sabemos de su condición mítica, angular, fundacional.

Sedientos, esperábamos y ahora, por fin, veinte años después, entendemos que Sopeña ha vuelto cuando más lo necesitamos: en el principio del final.

Octavio Gómez-Milián